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Trazo Cero: diseño argentino, materia y oficio en el Edificio Cassará


Una muestra para mirar de cerca los procesos detrás de los objetos

Hay edificios que modifican la experiencia antes de que empiece cualquier recorrido. El Edificio Cassará, sobre Avenida de Mayo, fue una de esas sorpresas que Buenos Aires todavía sabe dar: una construcción de 1902 recuperada con una sensibilidad particular, donde la historia del lugar convive con intervenciones contemporáneas, pisos vidriados, techos altos y una terraza mirador que vuelve a poner la mirada sobre las cúpulas porteñas.

Llegué a la Fundación Pablo Cassará para recorrer Trazo Cero, una muestra colectiva de diseño argentino curada por Vivian Urfeig, que propone detenerse en aquello que muchas veces queda por detrás del objeto terminado: la materia prima, los oficios, los descartes, las pruebas, las tecnologías y los procesos que hacen posible una pieza.

En el primer piso, una muestra de arte y dos salas de conferencia anticipaban cierta idea de cruce: entre disciplinas, lenguajes y modos de habitar el edificio. Al subir al segundo piso, la escena cambiaba. Una sala con suelo y techo de vidrio recibía al visitante entre luces de colores, formas suaves y texturas muy diversas. La primera sensación fue de calidez. No solo por la iluminación, sino por una curaduría claramente pensada desde los sentidos.

Después de su presentación en la Semana de Diseño de París 2025, Trazo Cero llega a Buenos Aires con una lectura local sobre el diseño contemporáneo: diez estudios argentinos reunidos para pensar el origen de cada pieza, sus recursos materiales y sus sistemas productivos. Participan Bilu, Studio Devel, Fiumine, Hache Objetos, Iwish, Mantara, María Picci, Oblumo, Orpnimi y Sietes.

La muestra no busca solamente exhibir objetos. Propone mirar cómo nacen.


El edificio como parte del relato

El Edificio Cassará no funciona como un fondo neutro. Su arquitectura patrimonial forma parte activa de la experiencia. La restauración, realizada por la arquitecta Ana María Carrió, recuperó ornamentos originales y sumó estrategias contemporáneas que hacen del vidrio y de la luz dos protagonistas del espacio.

En ese contexto, Trazo Cero plantea un contrapunto interesante: piezas contemporáneas, tecnologías de fabricación digital, descartes industriales, fibras naturales y materiales nobles dialogan con una arquitectura de principios del siglo XX.

El resultado no es una tensión forzada, sino una convivencia. Lo nuevo no intenta borrar lo anterior. Lo patrimonial no queda detenido en el tiempo. Ambos lenguajes se encuentran en

un mismo recorrido.


Materialidad como punto de partida

Uno de los ejes más claros de la muestra es la idea de trazabilidad. De dónde viene cada material, qué historia trae, qué decisiones se toman para transformarlo y qué queda visible de ese proceso.

En palabras de la curadora, Trazo Cero trabaja desde el origen de cada pieza. La materialidad deja de ser únicamente un soporte y empieza a convertirse en contenido. Esa idea atraviesa toda la muestra: no importa solo qué objeto vemos, sino también qué camino hizo para llegar hasta ahí.

Esa mirada aparece, por ejemplo, en Hache Objetos, marca fundada por Marilina Las Heras y Maitena Guedes, que trabaja con perfiles de aluminio y descartes industriales. En la entrevista, el equipo contó que la marca nació del interés por resignificar un material asociado a la construcción y a la industria, y trasladarlo a objetos funcionales para el hogar y la oficina.

El aluminio, durable, liviano y versátil, se combina con madera para sumar calidez. Pero el proyecto también abre otra lectura: la presencia de mujeres dentro de la industria metalúrgica. Para Hache, ocupar ese lugar implica demostrar conocimiento, sostener una práctica y construir legitimidad en un ámbito todavía atravesado por miradas masculinizadas sobre la producción.

En Trazo Cero, Hache aporta una dimensión industrial, funcional y concreta. Sus objetos hablan de transformación material, pero también de transformación cultural.


Luz, tecnología y naturaleza

La iluminación ocupa un lugar importante dentro de la muestra, con propuestas muy distintas entre sí.

Bilu, fundada por Ignacio Martínez Todeschini, trabaja desde el cruce entre arte, tecnología y naturaleza. Sus luminarias no buscan ser únicamente funcionales: también se comportan como piezas escultóricas. En la entrevista, Todeschini habló de la importancia de que una luminaria pueda dialogar con el espacio de interiorismo, pero también generar una sensación en el usuario.

Su proceso parte de la fabricación aditiva, la impresión 3D y los algoritmos computacionales para construir formas orgánicas inspiradas en estructuras naturales. Algunas colecciones se vinculan con la piedra, el agua o el cactus; otras responden a una estética orgánica más amplia, ya reconocible como parte del lenguaje de la marca.

En la muestra, Bilu presenta piezas de la colección Efímera, realizadas con descartes de travertino recuperados junto a Canteras del Mundo. Las bases de piedra, que de otro modo no tendrían finalidad comercial, se resignifican como soporte de luminarias. Las pantallas, compuestas por capas internas y externas, generan un efecto esmerilado y texturado que despierta cierta incertidumbre: no se sabe del todo si son vidrio, textil o impresión 3D. Esa ambigüedad también forma parte de su atractivo.

Dentro del Edificio Cassará, Bilu proyectó un paisaje luminoso suspendido: una especie de bosque de lámparas que aprovecha la altura del techo y genera profundidad en el recorrido.

También desde la iluminación aparece Iwish, con una búsqueda que combina diseño argentino, innovación y producción local. Su escultura lumínica Scarto trabaja con descarte de piedras naturales, tecnología LED e impresión 3D. Cada pieza conserva la singularidad del bloque original: sus formas, dibujos internos e imperfecciones no se replican de manera artificial, sino que se incorporan como parte del lenguaje.

Fiumine, por su parte, aporta una mirada donde la luminaria es pensada como objeto de diseño con presencia propia. Fundada por Mercedes Massot, Paula Stremiz y Francisco Silva Font, la marca trabaja con líneas simples, diseño minimalista y producción nacional. Sus piezas buscan iluminar, pero también dar carácter al espacio incluso cuando están apagadas.

Oblumo, el proyecto de Magdalena Boggiano, suma otra lectura sobre la luz. Con una trayectoria iniciada en el año 2000, la marca investiga materiales, procesos productivos y técnicas vinculadas a la fabricación de luminarias. En Trazo Cero presenta piezas XL realizadas a partir del plegado de fieltro, un material que además de su condición visual aporta eficiencia acústica y contiene material reciclado. En su recorrido, Oblumo combina oficio, experiencia técnica y una mirada escultórica sobre la iluminación.



Oficios, fibras y territorio

Otro eje fuerte de la muestra es la relación entre diseño contemporáneo y saberes territoriales.

Mantara, de Carolina Pavetto, trabaja con alfombras naturales realizadas por artesanas de Santiago del Estero. Sus piezas recuperan técnicas ancestrales de hilado y tejido en telar criollo, con lana de oveja y tintes naturales. En sus colecciones, el diseño contemporáneo se encuentra con una red de producción basada en comercio justo, economía circular y respeto por los tiempos de las comunidades artesanas.

Mantara propone una lectura donde la pieza final no puede separarse del territorio del que proviene. La alfombra no es solo un objeto decorativo: contiene tiempo, oficio, materia natural y vínculo humano.

Algo similar sucede, aunque desde otro universo simbólico, con Orpnimi, el proyecto de Marcela Roitman dedicado a objetos de judaica contemporánea. En la entrevista, la diseñadora explicó que su búsqueda parte de una doble identidad: la tradición judía y la materialidad argentina.

La alpaca aparece como un material central, no solo por su presencia local, sino también por su relación con artesanos del interior, especialmente de Salta. Las piezas de Orpnimi acompañan celebraciones y preceptos, pero no se limitan a cumplir una función ritual. Cada forma nace del estudio del sentido espiritual de ese objeto.

Un florero puede remitir a Pesaj, al éxodo y a la transición de la esclavitud hacia la libertad. Un plato circular puede acompañar el pan redondo de Año Nuevo judío y hablar del tiempo como ciclo: volvemos al mismo punto, pero diferentes.

En Orpnimi, tradición y diseño contemporáneo no aparecen como opuestos. La tradición funciona como raíz para pensar el presente.


Lo manual como lenguaje

Entre las propuestas más personales de la muestra aparece María Picci, cuyo universo creativo se construye a partir de un material simple y cotidiano: la cinta.

En la entrevista, María contó que la cinta se volvió su material fundacional porque era lo que tenía a mano. Un material doméstico, accesible, fácil de conseguir. Pero esa simpleza inicial abrió una investigación amplia sobre textura, color, pliegue, tensión y comportamiento material.

Cada cinta reacciona distinto. Algunas tienen más apresto, otras menos. Algunas conservan memoria, otras necesitan puntadas o refuerzos. María trabaja escuchando el material, dejando que cada cinta indique qué permite y qué no.

Su muestra No Papel nace de una confusión frecuente: muchas personas creían que sus piezas estaban hechas de papel. Ese equívoco se transforma en una propuesta conceptual. Lo que parece papel es, en realidad, una construcción textil.

En su obra, el trabajo manual ocupa todo el proceso. No aparece como una técnica cerrada, sino como una forma de insistencia: probar, equivocarse, volver, cortar, enrollar, plegar, coser, mirar de nuevo. María lo resume con una idea simple y potente: muchas personas tienen ideas, pero la diferencia está en hacerlas.

Su trabajo también propone una libertad en relación con el cuerpo. El accesorio no distingue talle, edad ni tipo de usuario. Es para quien quiera usarlo.


Diseño, juego y experiencia sensorial

Studio Devel, fundado por Delfina Velar de Irigoyen, amplía la lectura sensorial de la muestra. Su práctica combina diseño, tecnología e investigación táctil. Las piezas surgen del modelado digital y de escaneos 3D en arcilla, desarrollados a partir de diálogos táctiles con participantes ciegos. Su trabajo propone una relación entre arte, diseño cotidiano e innovación, donde la tridimensionalidad se vuelve una forma de experiencia.

Sietes, de Facundo Parisi, introduce un tono más lúdico. Su práctica se apoya en el juego como motor principal, con formas simples, colores vibrantes y guiños irónicos. Sus piezas de mobiliario funcionan como objetos utilitarios, pero también como imágenes sintéticas cercanas a la cultura digital. Dentro del conjunto, Sietes suma una energía distinta: más gráfica, más inmediata, más cercana al gesto del juego.


Una lectura del diseño argentino desde el origen

Trazo Cero reúne piezas muy distintas entre sí: luminarias, accesorios, alfombras, objetos, mobiliario y piezas impresas en 3D. Sin embargo, todas comparten una pregunta común: qué sucede cuando el diseño se piensa desde el origen.

Desde el descarte industrial hasta las fibras naturales, desde la impresión 3D hasta el tejido artesanal, desde la alpaca hasta la cinta textil, la muestra propone una lectura del diseño argentino atravesada por la materia, el oficio y la investigación.

Lo más interesante del recorrido es que no se presenta la materialidad como una simple elección estética. Cada material trae consigo una historia: una procedencia, una técnica, una comunidad, una industria, una limitación o una posibilidad.

En ese sentido, Trazo Cero invita a mirar más lento. A acercarse. A preguntarse cómo está hecho cada objeto, quién lo hizo, qué decisiones hubo detrás y qué parte del proceso permanece visible en la pieza final.

Salir de la muestra deja una sensación clara: el diseño argentino no necesita despegarse de su contexto para ser contemporáneo. Al contrario. Su potencia aparece cuando mira sus recursos, sus oficios, sus territorios y sus modos de producción con atención.

En el Edificio Cassará, entre vidrio, luz y patrimonio, esa conversación encuentra un marco preciso. Una arquitectura recuperada para alojar piezas que también hablan de recuperación, transformación y futuro.


Texto y fotografías por Candelaria Gualda Egurza

 
 
 

1 comentario


Qué linda nota. Me gustó mucho la mirada sensible sobre la muestra y las historias detrás de cada marca.

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