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Casa FOA 2026: una edición atravesada por la historia y la transformación

30 sept
8 min de lectura

La nueva edición de Casa FOA abre sus puertas en el Palacio Molina, la antigua fábrica de Alpargatas en Barracas con la consigna de dialogar sin borrar las huellas del pasado. Podrá visitarse del 1 de octubre al 1 de noviembre, todos los días de 12 a 20 hs, en Avenida Regimiento de Patricios 1053, Barracas.


 

El Palacio Molina es un edificio que determina por sí mismo su recorrido. En él ya había vida mucho antes de convertirse en el escenario de la edición número 42 de la tradicional exposición de arquitectura, interiorismo, e industria Casa FOA. Antes de detenerse en los muebles, los colores o los objetos, aparecen la escala, los ladrillos, las arcadas, los techos altos, que imponen una sensación difícil de olvidar.

 

En esta ocasión, a partir de su historia, fue elegido el concepto curatorial de la Alquimia, que plantea tres grandes ejes: materia en transmutación, patrimonio e innovación, y la experiencia del espacio. La muestra ocupa más de 5.700 m² y reúne más de 42 espacios intervenidos.

 

Más allá de la escala de la exposición, esta edición tiene algo que se percibe desde los primeros metros del recorrido: el edificio no funciona simplemente como contenedor, también forma parte de cada proyecto.



De fábrica a escenario de nuevas formas de habitar

 

El actual Palacio Molina forma parte de la historia industrial de Barracas. Hacia 1883 comenzó a gestarse la empresa que dos años después se convertiría en la Sociedad Anónima Fábrica Argentina de Alpargatas. Su primera fábrica se instaló en el barrio en 1890, consolidando una presencia que acompañaría durante décadas el desarrollo industrial de esta zona de Buenos Aires.

Su arquitectura conserva todavía esa memoria fabril: fachadas de ladrillo visto, arcos monumentales, estructuras de madera y alturas superiores a los cuatro metros.

 

En vez de neutralizar el pasado para construir sobre una superficie vacía, gran parte de los diseñadores decidió trabajar con aquello que ya estaba allí: paredes imperfectas, pisos originales, columnas, arcadas, vigas, huellas del uso y materiales envejecidos.

La transformación se da por superposición, no por sustitución.

Como se menciona en su presentación, hablamos de arquitectura industrial como un “lienzo vivo”, capaz de adaptarse a la tecnología, el bienestar y las maneras contemporáneas de habitar sin perder su identidad original.   

 

Diseñar también es provocar una emoción

 

Durante la apertura, desde Revista Hiro conversamos con algunos de los profesionales responsables de los espacios con una pregunta como punto de partida: ¿Desde qué emocionalidad se diseña un ambiente?

Todas las respuestas coincidieron en algo: hoy un espacio no parece pensarse únicamente desde su función o su resolución material. También se proyecta desde lo que queremos que suceda al entrar.

 

Máximo Salar, de Máximo Interiorismo, lo sintetizó de una manera directa:

“Más allá de cómo se resuelve técnicamente un espacio, me interesa qué transmite”. Su propuesta parte de una sala de baño con vestidor que busca desdibujar las categorías tradicionales. Oscura, envolvente y deliberadamente ambigua, no permite identificar inmediatamente si uno está dentro de un baño, un living o un vestidor.

“Creo que este espacio transmite una elegancia descontracturada”, explicó. La bañera se ubica expuesta en el centro del ambiente y el área más funcional del baño se oculta dentro de un volumen reflectante. La intimidad no desaparece, pero se reconsidera.

 


En el proyecto de Florencia Basile y Estudio Fontenla, en cambio, la emoción apareció directamente ligada a la arquitectura preexistente. “Nos impactó la historia que transmitían la doble altura, el techo de madera original y las arcadas de medio punto de los ventanales”.

Esa primera impresión terminó convirtiéndose en el concepto del proyecto: construir un departamento contemporáneo sin silenciar aquello que el edificio ya contaba. La diseñadora habla de una convivencia entre pasado y presente y de un lujo que no necesita ser estridente, sino que puede aparecer en la artesanía, los materiales y los objetos pensados para perdurar.

 

Algo similar sucede en La Vigilia, la propuesta presentada por Lola Ganza y el estudio Gilligan’s  Deco de Beli Casal. El espacio imagina el búnker nocturno de un arquitecto: un lugar para proyectar, pero también para hacer una pausa, tomar algo o jugar a los dardos.

“Queríamos que al entrar apareciera esa sensación de que hay olor a whisky y a habano”, contó Ganza. La frase resume bien una característica que atraviesa buena parte de esta edición: los espacios no intentan únicamente verse de determinada manera, intentan sentirse.


Espacios para quedarse un poco más

 

Uno de los ejemplos más claros es la Sala de diálogo, de Sabrina De Luca y Soledad Dirani. El recorrido comienza en una zona de introspección, continúa alrededor de una gran mesa pensada para el debate y el intercambio y termina en un sector más relajado. Las diseñadoras incorporaron, además, pequeñas experiencias que obligan al visitante a hacer algo poco frecuente en una exposición de diseño: detenerse. “Nuestra idea fue volver al concepto del diálogo: volver a conectarnos y escucharnos desde una escucha activa”.

 

El concepto de Alquimia deja de ser exclusivamente material. Aparece en la posibilidad de transformar una conversación, una idea o un encuentro. Es una perspectiva especialmente interesante en un momento en que gran parte de nuestra vida cotidiana sucede mediada por pantallas. El diseño vuelve a funcionar aquí como infraestructura para algo tan sencillo como sentarse frente a otra persona.

 


En el Espacio 25, los baños públicos diseñados por Ignacio Todeschini y Renata Vedda se alejan de una mirada puramente funcional para proponer un ambiente envolvente, donde materialidad y luz también trabajan en conjunto.

La elección de piedra, madera y metal construyen una paleta natural y profunda. Las superficies pétreas aportan textura y una sensación de estar en un paisaje natural, mientras que la madera recorre los muros y acompaña las formas curvas del espacio. El metal aparece en piezas y detalles que contrastan con la calidez general y reflejan la iluminación de manera sutil.

La luz tiene un rol central: aparece integrada a la arquitectura, recorriendo perímetros, acompañando las ondulaciones del cielorraso y destacando texturas y objetos. La vegetación y las piezas suspendidas terminan de construir una atmósfera que parece extenderse más allá del interior.

Un baño público convertido en un espacio para detenerse, observar los materiales y experimentar cómo la luz puede transformar por completo la percepción de un ambiente.

 

El bienestar como refugio

 

El Espacio Wellness “Evolution Space”, Inés Muzzio, de IM Estudio, parte de otra necesidad contemporánea: bajar el nivel de estímulos. El ambiente fue concebido como un refugio de calma dentro de una vida cotidiana acelerada. Para construirlo, Muzzio decidió preservar elementos del Palacio Molina —paredes descascaradas, arcadas, techos de madera y vegetación— y enfrentarlos a un lenguaje actual de espejos, acero, superficies brillantes y luz. La experiencia integra piscina, camastros calefaccionados, sauna infrarrojo, meditación con cromoterapia y un jardín exterior con sauna húmedo y seco, y sectores de relajación. Hidrozono acompaña la propuesta como sponsor del espacio, incorporando agua, ozono, luz y temperatura al concepto de bienestar.

 

El proyecto en general también muestra hasta qué punto una intervención de esta escala depende de una red de marcas y oficios. Participan, entre otros, Vite Porcellanatos, Atrim, Alba, Caos Mobiliario, Fábrica de Luz, Design Carpets + Tapetes São Carlos, Canteras del Mundo, Wullich Domótica, Zaleo, Cúmulo y Ariel Oliva, además de los equipos encargados de construcción, arte y equipamiento.

La presencia de la industria no se siente aquí como un agregado posterior al diseño sino que forma parte de cómo se materializa la idea. Mirar hacia arriba, tocar, escuchar.

 

Como parte de los espacios exteriores, el proyecto parte de la idea de las “tramas del tiempo”. La emoción surge nuevamente del respeto por la historia del Palacio Molina, pero incorpora agua, arte, arquitectura contemporánea y un naranja intenso que dialoga con la vegetación. Los muebles de Tidelli, sponsor del espacio, funcionan como otro de los disparadores para construir una serie de tramas que se superponen. Cuando preguntamos cuál era el detalle que podía pasar desapercibido, la respuesta fue especialmente reveladora: los toldos.

Si uno no mira hacia arriba, puede no verlos. Quizás esa observación sirva también como una pequeña instrucción para recorrer Casa FOA: hay que cambiar constantemente la dirección de la mirada. Mirar hacia arriba. Acercarse a un material. Descubrir una textura. Escuchar la música de un ambiente. Percibir un aroma. Entender cómo cambia la luz.

La experiencia se construye en muchas capas.

 


Arte dentro de la arquitectura

 

En la muestra fotográfica de las arquitectas Cecilia Gómez Abuin y Pilar Ortega, la fotografía aparece integrada al espacio a través de obras de Eliseo Miciu, con curaduría vinculada a Espacio Pinasco. Entre ellas se encuentra Lítico Austral, realizada en Patagonia en 2019, una obra en la que Miciu plantea la imagen como una construcción incompleta que necesita de la mirada del observador para terminar de existir.

 

En otra intervención, la instalación de César Lago lleva la relación entre edificio y obra a un terreno prácticamente literal. Un organismo inflable atraviesa la arquitectura del antiguo edificio de Alpargatas: emerge por una ventana, se expande y vuelve a ingresar por el antiguo conducto de un ascensor.

 

La curadora Vic Tolomei lo describe como “un edificio que vuelve a respirar”.

 La imagen es difícil de separar del concepto general de esta edición. Porque, en cierta forma, eso es exactamente lo que sucede en Palacio Molina: un edificio industrial vuelve a activarse a partir de nuevos usos, nuevas personas y nuevas ideas.


Garage Ferrari


En este espacio, Norberto Bressano, presidente del Ferrari Club Argentina, reúne dos pasiones que atraviesan su historia: la arquitectura y Ferrari. El resultado propone una nueva forma de pensar el garage, no como un lugar de guardado, sino como un ambiente para habitar, compartir y disfrutar.

Los automóviles ocupan un lugar central, pero conviven con arte, música, mobiliario y objetos de colección que amplían la narrativa del proyecto. La paleta oscura, la madera y una iluminación puntual construyen una atmósfera íntima, casi doméstica, donde el rojo característico de Ferrari aparece como acento y elemento conductor.

Las piezas exhibidas pertenecen a miembros del Ferrari Club Argentina, incorporando al espacio historias reales de pertenencia, memoria y pasión por la marca.

Más que presentar una colección, el proyecto plantea otra relación con ella: objetos que dejan de estar aislados para formar parte de encuentros, conversaciones y momentos cotidianos. Un garage entendido como escenario de experiencias, donde diseño y afición se integran en una misma forma de habitar.


Una exposición construida entre muchas manos

 

Casa FOA también permite observar el diseño como una disciplina profundamente colectiva. Arquitectos, interioristas, artistas, paisajistas, iluminadores, fotógrafos, marmoleros, carpinteros, fabricantes, desarrolladores tecnológicos y marcas trabajaron juntos para que cada ambiente exista.

Entre las empresas que aparecen acompañando distintos proyectos de esta edición se encuentran firmas vinculadas a materiales y equipamiento como Alba, Atrim, Canteras del Mundo, Faplac, Johnson, Macroled, Patagonia Flooring, Placo, Roca y Vite, además de sponsors específicos de cada espacio. Marcas como Hidrozono o Tidelli forman parte del concepto de las propuestas en las que intervienen.

 

Casa FOA mantiene además, desde 1985, su carácter de exposición, realizada a beneficio de la Fundación Oftalmológica Argentina Jorge Malbrán, combinando arquitectura, diseño e industria con una dimensión institucional que forma parte de su origen.

 

Lo que queda después del recorrido

 

Esta fue nuestra segunda visita a Casa FOA y hubo una sensación que volvió varias veces mientras realizábamos el recorrido por el Palacio Molina: orgullo. No solamente por la escala de los proyectos o por la cantidad de recursos desplegados, sino por la calidad de las ideas.

 

Resulta especialmente potente que esta edición haya elegido un edificio con semejante peso histórico y que, en lugar de intentar ocultarlo, los proyectos hayan utilizado esa historia como material. Pisos antiguos junto a piezas contemporáneas, muros descascarados junto a sistemas domóticos, madera centenaria, acero, textiles, piedra, arte, iluminación y tecnología compartiendo un mismo espacio. Propuestas que entendieron que diseñar no consiste solamente en organizar objetos sino, también en producir una sensación.

 

Durante el recorrido aparecen espacios que invitan al silencio y otros que estimulan la conversación. Algunos generan intimidad; otros, energía. Hay lugares oscuros, luminosos, lúdicos, contemplativos. Cambian los sonidos, los aromas, las texturas y la manera en que el cuerpo se mueve.

 

Tal vez allí esté una de las mayores fortalezas de Casa FOA 2026: recordarnos que la arquitectura y el interiorismo se experimentan antes de explicarse.

 

Y al salir del Palacio Molina queda también otra certeza. El diseño argentino no necesita mirarse permanentemente en un espejo extranjero para legitimarse. Hay oficio, industria, sensibilidad, tecnología, artistas, materiales y una identidad propia capaz de dialogar de igual a igual con cualquier escena internacional.

 

Detrás de cada espacio hay una forma local de observar, producir y transformar. Y cuando todas esas miradas se encuentran dentro de un edificio que también supo transformarse, el resultado parece una fotografía bastante precisa del talento creativo argentino.



Texto por Candelaria Gualda Egurza

Fotografías por Maria Luz Stella Carzolio y Candelaria Gualda Egurza

 
 
 

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