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¿Tu casa habla de vos o del algoritmo?

21 ago
2 min de lectura

Texto por Pilar Blanco Arquitecta



¿Cuándo fue la última vez que entraste a una casa y sentiste que hablaba de la persona que vivía ahí?

Hay algo que vengo observando hace tiempo: muchas casas son lindas, funcionales y están bien resueltas, pero podrían pertenecer a cualquiera.

Creo que tiene mucho que ver con la época en la que vivimos. Nunca fue tan fácil inspirarnos. Pinterest, Instagram y las redes sociales nos acercan miles de imágenes de interiores impecables. Además, hoy existen muchísimas marcas que hicieron que el diseño sea mucho más accesible, y eso me parece algo muy positivo.

Proyecto Rawson diseño realizado por Pilar Blanco
Proyecto Rawson diseño realizado por Pilar Blanco

El desafío aparece cuando dejamos de usar esas referencias como inspiración y empezamos a tomarlas como una receta. Por miedo a equivocarnos, terminamos eligiendo lo que sabemos que funciona, lo que ya vimos cientos de veces, lo que está de moda. Y, casi sin darnos cuenta, las casas empiezan a parecerse entre sí.

Como arquitecta hay algo que intento cuidar en cada proyecto: que la casa tenga una identidad propia. Que pueda percibirse una forma de proyectar, una sensibilidad del estudio, pero que el resultado final habla de quienes la van a habitar y no de una tendencia. Eso implica hacer muchas preguntas. ¿Quiénes van a vivir en esos espacios? ¿Cómo viven? ¿Qué disfrutan? ¿Mutarán esos espacios con el tiempo? ¿Qué objetos tienen valor para ellos? ¿Pensaron en alguna ubicación específica? ¿Qué recuerdos vale la pena conservar? Porque una casa no se construye solamente con materiales; también se construye con historias.


Mientras estoy armando mi propia casa, me encontré viviendo esa misma búsqueda.

El proyecto ya tenía una impronta muy marcada, con esa mezcla entre lo moderno y lo vintage que tanto me gusta.

Proyecto Rawson diseño realizado por Pilar Blanco
Proyecto Rawson diseño realizado por Pilar Blanco

Pero, cuando llegó el momento de completarlo, elegí incorporar objetos que pertenecían a mis abuelos: unos tapices bordados antiquísimos, una lámpara de pie de bronce que decidí restaurar en lugar de reemplazar, jarrones que ellos habían traído de distintos viajes y piezas de mantelería que forman parte de mi historia familiar.

No los elegí porque estén de moda ni porque sean objetos exclusivos. Los elegí porque hacen que mi casa hable un poco más de mí.

Y creo que ahí está la diferencia; No se trata de llenar una casa de muebles antiguos, ni de rechazar las tendencias o las marcas accesibles. Todo eso puede convivir perfectamente. De hecho, me encanta combinar piezas actuales con objetos cargados de historia.

Lo importante es que no todo provenga del mismo algoritmo. Que haya lugar para aquello que no puede comprarse con un clic, para una pieza heredada, un objeto restaurado, una obra hecha por un artista local, un recuerdo de un viaje o cualquier elemento que tenga un significado para quienes viven ahí.



Al final, una casa con identidad no es la que sigue mejor las tendencias.

Es la que, cuando alguien entra, cuenta una historia sin necesidad de decir una palabra.


Texto por Pilar Blanco Fotografías por Estudio Hiro


 
 
 

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